joanmartí
| En un tórrido día de agosto de ingrata memoria, se fue como
vivió, como un torbellino, como una avalancha, como una riada, inundando de tristeza,
consternación y zozobra a todos cuantos le conocíamos. Nunca hizo caso de las limitaciones que su gran corazón, de
artista, compañero y amigo, le imponía desde hacía ya algunos años, cuando le lanzó
el primer aviso. Degustó y saboreó a tope el tempus vivendi que el
destino le tenía asignado y muy bien él conocía, y lo contaba a quien quería oírlo,
que su estructura y consistencia físicas siempre estarían supeditadas a las necesidades
que el torrente de su fuerza creativa, que el ímpetu de su pasión desbordante y
arrebatadora por la pintura y, sobre todo, por la escultura le pudieran exigir en cada
momento de su existencia. En esto era egoísta. Sus nada cuidadas manos, callosas y
nervudas de tanto moldear y manipular el hierro, el acero, la piedra, el fango, eran
capaces de crear verdaderos monumentos a la belleza y la estética. En FONT DART vamos a notar su ausencia. Vamos a echar de
menos su vozarrón estridente, esa mirada incisiva con la que desnudaba a su interlocutor,
esa sonrisa, que no risa, entre infantil y satírica, mientras esperaba inquisitorialmente
la reacción de sus contertulios a sus siempre inflamadas palabras... Es de admirar la
seriedad a toda prueba, sin concesiones, con que trataba todo aquello que rezumara arte,
creatividad, progresión en la perfección estética. Siempre que intervino, arrastró y
lideró, a su manera, muchas de las veladas pictóricas de nuestra Agrupación. Le
costaba, por ejemplo, dejar que cualquier otro colocara en pose para pintar a la modelo en
nuestras sesiones de anatomía. Así era Joan y por eso, quizá, se hacía de notar y,
porqué no decirlo, querer de alguna manera. Para Joan nunca existió el término medio; las cosas eran
blancas o negras, nunca grises. Esa impenitente sinceridad que imprimía a su verbo y a
sus actos le perdía y, como consecuencia, le cerraba más de una puerta. Disponía de una personalidad compleja, poliédrica, con muchos
ángulos y aristas, posiblemente con muchas luces y no pocas sombras, pero, además de
bohemio y desenfadado, Joan era ingenuo y tierno como un niño. Era un niño grande. Su
sensibilidad artística le era innata y su perseverancia en el trabajo y la consecución
de metas están fuera de toda duda. Afortunadamente, en nuestra ciudad, creó y plantó
para la posteridad tres obras escultóricas importantes: Un bronce, El abrazo
del moro y el cristiano, en la Glorieta; en la rotonda del Salt del Bou, ese bellísimo
conjunto escultórico de hormigón, agua, hierro y acero, quizá una de sus obras más
emblemáticas y el conjunto escultórico Tender la mano instalado en el
Camposanto de Ontinyent, que vela ahora ya, paradójicamente, su última morada. El gran amante, empieza por amarse, ante todo, a sí mismo. Es
celoso de sus propios logros y, la mayoría de las veces, ahoga con toda esa pasión y
vehemencia al ser amado y a todo cuanto ama. Esta es quizá, a mi modo de ver, una buena,
que no la única, definición de nuestro desaparecido Joan. Fuere en el estadio que fuere de su quehacer existencial, desde
la misma creación artística hasta sus relaciones sociales, pasando por su indiscutible
profesionalidad docente, transmitía siempre una exigencia máxima de perfeccionismo
estético que empezaba consigo mismo, de exaltación de la quimera, del anhelo
desenfrenado por alcanzar la utopía, sin, como siempre ocurre en estos casos, dejar de
quejarse y poner la proa a las rigideces del orden establecido, las veleidades del poder
dominante, las hipocresías sociales, los contubernios y manipulaciones que ahogan el arte
y a los artistas en esta sociedad y en la res pública que nos hemos dado. Fue un eterno
disconforme, arriesgándose a que le tildara de cascarrabias quien no le conocía. Siempre
se lamentó de que ya no existieran mecenas, como en siglos atrás. Era un romántico sin
causa. Pero era nuestro romántico. A lo largo de los 25 años
transcurridos de esta segunda etapa de FONT DART creo que no habrá socio, y amigo,
que haya dejado mayor impronta que Martí. Estoy convencido de que, allá donde se
encuentre, contará a sus contertulios que, siendo una Asociación manifiestamente
mejorable, FONT DART era una pizca de su alma, como lo es para todos nosotros. Y
pasará mucho tiempo en diluirse su recuerdo en nuestra memoria. Y seguiremos esperando su
llegada a nuestra tertulia-cena de los viernes, como siempre tarde... pero, a partir de
ahora y desgraciadamente para nosotros, sin esperanza y solución de futuro, no volveremos
a gozar de tu compañía. Hasta siempre Joan. FRANCISCO POZO |